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EL EVANGELIO SECRETO DE LA VIRGEN MARÍA[1]
Era muy tarde ya para ir a Betania. Había poca luz, el sábado empezaba y ni yo tenía fuerzas para caminar ni era conveniente ponernos en camino. Por eso me llevaste a casa de Nicodemo, que se había ofrecido a darnos alojamiento a todos hasta que pasase el sábado. Estaba asustado por lo que pudiera ocurrir, como lo estabais todos, temiendo que, tras haber matado a Jesús quisieran ahora acabar con todos sus discípulos, incluido él mismo, aunque no era de los más señalados. Pero conmigo fue muy amable, lo mismo que su mujer y los demás de su casa. Con gran solicitud me acompañaron hasta la habitación que me habían destinado y una criada me ayudó a desvestirme y a lavarme. Después me acosté. Ellos se quedaron celebrando la cena de Pascua, por más que el ambiente fuera de duelo y no de fiesta.
En la cama, sin poder dormir y sin poder llorar, me parecía estar flotando, fuera de mí, con tantas cosas dentro que me resultaba difícil ordenarlas y explicarlas. Lo más extraño era que yo sabía que mi hijo había muerto, mientras que tenía la sensación de que no era así. Por supuesto que no mantenía con él la comunión que se había establecido durante las últimas horas, desde que partió de Betania para celebrar la Pascua con sus discípulos. Pero, a la vez, le sentía allí, de alguna manera. Y esto me desazonaba terriblemente. Quería rezar, hablar con él, y no podía. Entonces fue cuando me volví a Dios y, por primera vez en mi vida, le pregunté ¿por qué?, y le pregunté dónde estaba mi hijo, qué le había pasado y qué le iba a pasar.
¿Cuáles son tus sufrimientos, dolores y pecados contenidos? ¿Cuáles son los “porqués” que le diriges a Dios?
No me interesaba nada de lo que a vosotros os preocupaba: si era o no el Mesías, si su muerte significaba que toda su predicación era falsa y que Dios no estaba con él. A mí me importaba la persona de mi hijo antes que ninguna otra cosa, antes que su mensaje y antes que su misión, y no porque no diese valor a estas cosas. Yo quería a Jesús, vosotros queríais a la idea, lo que él representaba, pero no a la persona.
¿Te importa más Jesucristo? ¿O te importan más sus ideas o su estilo de vida, no queriendo saber nada de su persona?
Noté que Dios se hacía presente en mí, poco a poco, dulcemente. Con amor de esposo, con amor de padre y aun casi con amor de madre, me tranquilizaba y me pedía paciencia. “Todo va bien”, notaba que me decía; “sigue teniendo fe en lo que nuestro hijo te ha dicho; ya falta poco”, susurraba a los oídos de mi corazón. Y entonces me acordé de que mi hijo me había insistido en que iba a resucitar, así que, por lo tanto, seguía vivo en algún lugar que yo ignoraba y que dificultaba que le experimentara cerca de mí como hasta entonces; pero estaba vivo, de alguna manera lo estaba todavía, porque yo no notaba que hubiera muerto. Ésa era la causa por la que, a pesar de todo lo que había visto, yo no hubiera podido sumergirme en el abismo de dolor y desesperación que os había atrapado a vosotros. No podía hacerlo, por más que lo deseara e incluso lo necesitara para poder desahogarme y descargar la enorme tensión. No podía porque algo en mi interior me empujaba hacia arriba y me decía que la realidad era distinta a lo que las apariencias mostraban.
A veces sentirás ganas de desahogarte y de sumirte en tus lágrimas. ¿Sientes que Dios te quiere sacar hacia arriba de tu hundimiento?
Esto, la certeza de que mi hijo vivía y que iba a resucitar, me tranquilizó enormemente, hasta el punto de que el corazón empezó a latirme más fuerte, casi con alegría. Y entonces fue cuando el cansancio se apoderó definitivamente de mí y me quedé dormida.
Dormí casi todo el sábado. Los de Nicodemo me dejaron descansar y velaron mi sueño. Era ya la hora sexta cuando desperté. La casa estaba en calma. La mujer de nuestro amigo, Raquel se llamaba, me sonrió cuando me vio aparecer en el salón de la casa. En seguida sus criadas me atendieron. Yo quería marcharme para saber qué había pasado con mi hijo, pero me hicieron comprender que, dado que aún era el sabbat, y además uno muy especial, pues la noche anterior se había celebrado la pesáh, la Pascua, no era conveniente que me moviera de casa. Podía encontrarme con algún fanático que no respetaría ni mi edad ni mi condición de mujer. Me dijeron también que los demás habían hecho lo mismo y que ahora todos descansaban; al final no había acudido a aquella casa nadie más que yo, quizá por miedo a que una redada los atrapara a todos juntos. Pero las mujeres habían quedado en acudir al sepulcro apenas despuntara el alba del día siguiente, el primero de la semana, para completar dignamente el entierro de Jesús, con aromas y ungüentos, pues por las prisas no habían podido hacer más que lo imprescindible. Me dijeron que, por orden de Pilatos y a ruegos de los sacerdotes, unos soldados velaban el cadáver, así que no había ningún riesgo de que éste pudiera ser maltratado por sus enemigos.
Raquel fue muy amable y cariñosa conmigo. Estaba angustiada ella misma por la suerte de su marido, pero hizo esfuerzos por no comentarme nada ni dejar traslucir sus propias inquietudes. Acompañada por ella, comí algo y luego le pedí permiso para retirarme de nuevo a mi habitación, a la espera de que pasaran las horas y pudiera yo también ir al sepulcro apenas amaneciera.
Cuando pude encontrarme de nuevo a solas, me arrodillé y empecé a rezar. Mi oración, ya más serena, sólo podía ser una, también extraña, pero que no podía cambiar. Si la noche anterior me había atrevido a hacerle preguntas, ahora sólo sentía la necesidad, imperiosa, de darle gracias. “Gracias, Señor, porque me dejaste tenerle. Gracias por haberme permitido ser su madre y disfrutar de él tantos años. Gracias por haber podido vivir a su lado, recibiendo de él ternura tras ternura. ¿Quién soy yo y quién era yo para merecer este extraordinario regalo? Gracias porque él me ha enseñado a llamarte Padre. Gracias porque pude alimentarle, abrazarle, protegerle y educarle. Gracias porque pude sacrificarme por él, luchar por él, sufrir por él. Gracias porque, incluso en el momento final, he podido serte útil y he podido sostenerle en esa lucha extraordinaria que aún no comprendo bien pero que ha sido el objeto de su vida y de su misión. Y gracias, en definitiva y sobre todo, porque sé que está vivo, aunque ahora le sienta lejos. Y porque va a volver, porque va a resucitar. Y porque voy a estar con él de nuevo. Y porque algún día podremos estar juntos para siempre.
¿Qué tienes que agradecerle tú al Padre? ¿Qué le agradeces a Dios por su Hijo Jesucristo?
Perdóname que no te dé las gracias por tantas otras cosas, por ti mismo, por todo lo demás que he recibido de tu amor. Pero es que ahora siento la necesidad de decirte sólo esto: gracias por Jesús, porque es mi hijo, porque he podido conocerle, porque le he podido ayudar y porque no ha muerto sino que está vivo”. Y mientras le decía a Dios todo esto, entonces sí que lloré, empezó a salir de dentro toda la angustia contenida, de una manera tranquila, como una lluvia que cae sin causar destrozos en los campos.
Rezando y llorando, de rodillas junto a la cama, volví a quedarme dormida. La cabeza y los brazos sobre el lecho. No sé cuántas horas estuve así. Sólo recuerdo que, al igual que treinta cuatro años antes, noté, de repente, que había alguien en la habitación y me desperté sobresaltada. Era ya noche cerrada y, sin embargo, tenía la sensación de que una luz extraordinaria brillaba a mi alrededor aunque todo seguía estando a oscuras.
Entonces le vi. No necesité preguntar quién era. No tuve la más mínima duda. Allí estaba y era él, esperando que me despertara y velando mi sueño. “¡Hijo!”, grité y me lancé a sus brazos. “Madre –me dijo, mientras pasaba su mano por mi cabello en desorden-, tranquilízate. Ya ha pasado todo. Ya estoy de nuevo aquí, contigo”. Entonces me besó. Te aseguro, Juan, que era él y que eran suyos sus brazos, sus besos, su voz y su mirada. No me preguntes si se parecía o no, si tenía los mismos rasgos o si había algo diferente. Ni me detuve a pensarlo o a comparar con lo que había en mi recuerdo. Era él, sin ningún tipo de dudas, pero no a modo de fantasma, sino bien real, tan real como que le estaba abrazando y él me pasaba sus dedos por mi cara mojada y besaba mis ojos llenos de lágrimas.
- Hemos vencido, madre, hemos vencido. Por fin ha sido derrotado el Maligno. Por fin la muerte está proscrita. Ha sido dura y angustiosa la batalla, pero la victoria es nuestra y es definitiva. También tú has tenido parte en ella, aunque sea a través del Padre y de mí y del Espíritu. No sabes cuánto me ayudó tu fortaleza y cómo me consoló verte allí, junto a la cruz, llena de fe y de esperanza. El Padre, que se quiso ocultar, aunque nunca me dejó realmente solo, no permitió, en cambio, que me faltara lo que no se le niega a ningún ser humano: el consuelo de la madre, el apoyo de aquella que le dio la vida. Por eso, tanto como por lo que ocurrió en el principio, te llamarán bienaventurada todas las generaciones y serán muchos los que alcen a ti sus ojos desde sus propias amarguras, cuando estén ellos clavados en sus cruces, para que les consueles, sostengas, acompañes y alivies. Ésta será tu tarea, tu eterna tarea: la de ser madre de todos, educadora de todos, consoladora de todos, mediadora de todos”.
¿Qué ha vencido contigo el Señor con su Santa Resurrección?
- ¿De todos, hijo? –recuerdo que le pregunté, un poco extrañada.
- Sí, de todos –me contestó-, porque yo no he venido a salvar a los que estaban ya salvados, sino a los que estaban perdidos. De todos, incluso de mis peores enemigos, de los que me han matado. Eres madre de todos, empezando por los que están cerca, a los que tendrás que ayudar para que no se peleen entre ellos, como hacen las madres que tienen familia numerosa. Pero también serás madre de los que están lejos, de los que no me conocen, de los que me desprecian. Yo he muerto por todos, a todos quiero y a todos redimo. Y tú no puedes excluir de tu corazón a los que yo acepto. Para que ellos puedan ser de verdad mis hermanos, tú tienes que ser su madre, lo mismo que Dios tiene que ser su Padre. Sólo así, con el padre y la madre en común, estaremos de verdad unidos en una misma familia. Además, madre, sé que en tu corazón no puede caber la exclusión, ni el rencor, ni el odio. Cuidarás a todos, especialmente a aquellos que lleven la huella de mi cruz en su cuerpo o en su alma, y por eso amarás incluso a los pecadores, pues no hay cruz ni desgracia mayor que la de estar lejos de Dios, enfrentado y enemistado con el origen de la felicidad y de la vida.
Cristo te ha salvado. ¿Te sientes llamado a salvar a los demás, a ser cuidador de los demás?
Aún estuvimos juntos mucho tiempo, sentados los dos en la cama, abrazados a veces, con las manos cogidas otras. En silencio a ratos y disfrutando de la mutua compañía. Y también hablando.
¿Rezas sólo en los malos momentos? ¿Sería bueno que hablaras con Dios en los momentos más alegres y esperanzados de tu vida? ¿Por qué?
Después, cuando ya empezaba a clarear, se despidió de mí. “Voy a ver a Magdalena y a las otras –me dijo-. Es hora de que empiece todo de nuevo. Tú estate tranquila, ayúdales a superar el miedo y no dejes de rezar, porque nada de lo que le pidas al Padre te será negado”, añadió, y me dio un largo y definitivo abrazo y un último beso.
Se fue, como había venido, sin armar ruido, sin ser notado. Por la ventana entró un soplo de aire fresco y suave. Yo aún estuve allí, sentada en la cama, mucho tiempo. Me sentía aturdida, extraña, tranquila, llena. No podía pensar, no podía sacar conclusiones, no podía, casi, ni rezar. Sólo podía recordar. Recordar sus palabras, su presencia a mi lado, su abrazo, sus besos. Recordar que estaba vivo y dejar que, lentamente, las lágrimas se derramaran por mis mejillas, lágrimas de desahogo, de gratitud y también de triunfo.
Tú también estás llamado a encontrarte con Cristo Resucitado en la mañana de la Resurrección. ¿Cómo te imaginas ese encuentro con Él? Escribe tu propia historia. [1] MARTÍN, Santiago: “El Evangelio secreto de la Virgen María”. Barcelona: Planeta, 1999, pp. 244-248. |